Durante años, el ciclismo ha girado alrededor de una cifra: los vatios. Cuanto mayor era la potencia que un ciclista podía desarrollar, mayor parecía ser su nivel de rendimiento. Sin embargo, la evolución de los sistemas de análisis y el estudio del rendimiento en competición han puesto el foco sobre un aspecto mucho menos visible, pero cada vez más determinante. No se trata únicamente de cuántos vatios puede producir un deportista cuando está fresco, sino de cuántos es capaz de seguir produciendo cuando la fatiga empieza a acumularse.

Por qué la durabilidad es una de las cualidades más importantes en MTB
En disciplinas como el MTB, el Gravel, el XC Maratón o las pruebas por etapas, la diferencia rara vez la marca el rendimiento durante los primeros minutos de competición. Lo habitual es que las posiciones decisivas se definan después de varias horas de esfuerzo, cuando las reservas energéticas disminuyen y la capacidad de generar potencia comienza a deteriorarse.
Aquí aparece el concepto de durabilidad en ciclismo, una cualidad que describe la capacidad de mantener el rendimiento físico a medida que avanza el esfuerzo. Un ciclista con una buena durabilidad pierde menos potencia conforme pasan las horas y, por tanto, conserva una mayor capacidad competitiva en los momentos decisivos de una carrera.
Tradicionalmente, métricas como el FTP (Functional Threshold Power) han servido para estimar el nivel de forma física de un deportista. Este parámetro representa la potencia máxima sostenible durante aproximadamente una hora y continúa siendo una referencia muy útil para estructurar el entrenamiento. Sin embargo, dos ciclistas con el mismo FTP pueden ofrecer rendimientos muy diferentes después de cuatro o cinco horas sobre la bicicleta.
La razón es sencilla. La potencia no permanece constante durante toda una actividad. A medida que aumenta la fatiga, la capacidad de producir energía disminuye. Un ciclista que puede sostener 300 vatios durante cinco minutos al inicio de una salida probablemente no será capaz de repetir ese mismo esfuerzo varias horas después. La diferencia entre la potencia inicial y la potencia final es precisamente lo que permite evaluar su capacidad de mantener vatios con fatiga.
Los entrenadores de alto rendimiento también utilizan el término repetibilidad para describir esta característica. Aunque ambos conceptos presentan matices distintos, en la práctica hacen referencia a una misma realidad: la capacidad de seguir rindiendo cuando el organismo ya ha acumulado una carga importante de esfuerzo.
En una carrera de larga distancia, esta cualidad puede resultar incluso más importante que disponer de un FTP elevado. Un corredor capaz de perder únicamente un 5% de potencia después de varias horas tendrá una ventaja considerable frente a otro que vea reducido su rendimiento en un 10% o un 15%, aunque ambos partan inicialmente del mismo nivel.
La medición de esta variable ha mejorado enormemente gracias a las plataformas modernas de análisis. Actualmente es posible estudiar cómo evoluciona la curva de potencia conforme aumenta el desgaste energético y determinar con bastante precisión cuánto rendimiento se pierde en diferentes intervalos temporales. Esta información permite diseñar estrategias de entrenamiento mucho más específicas para mejorar la resistencia a la fatiga en MTB.
Uno de los indicadores más útiles para entender este fenómeno son los kilojulios consumidos durante el ejercicio. Los dispositivos GPS y los programas de entrenamiento calculan automáticamente la energía gastada a partir de la potencia desarrollada. Cuantos más kilojulios acumula un ciclista, mayor suele ser el nivel de fatiga que experimenta.
No obstante, la forma en que se consumen esos kilojulios también resulta importante. Gastar 2.500 kilojulios en cinco horas a intensidad moderada no genera el mismo desgaste que consumir esa misma energía en tres horas rodando a ritmos muy elevados. En este último caso se agotan más rápidamente las reservas de glucógeno y la capacidad de mantener esfuerzos intensos disminuye de forma más acusada.
Cuando se trata de mejorar esta capacidad, los entrenamientos largos con trabajo de intensidad al final de la sesión suelen ofrecer excelentes resultados. Una estrategia habitual consiste en acumular varias horas de pedaleo aeróbico y realizar después intervalos en zonas cercanas al umbral. De esta forma, el organismo aprende a producir potencia cuando ya existe un importante nivel de fatiga acumulada.
La alimentación y la hidratación también desempeñan un papel fundamental. Un déficit energético durante las sesiones largas puede provocar una caída adicional del rendimiento y dificultar la adaptación buscada. Por este motivo, los entrenamientos destinados a mejorar la durabilidad del rendimiento ciclista deben planificarse cuidadosamente para que el desgaste sea controlado y productivo.
Las investigaciones más recientes apuntan además a que esta capacidad es uno de los factores que mejor distingue a los ciclistas profesionales de los amateurs avanzados. Muchos deportistas pueden alcanzar valores de potencia muy elevados cuando están frescos, pero son muchos menos los capaces de conservar gran parte de ese rendimiento tras varias horas de competición.
Por ello, el futuro del entrenamiento ciclista parece ir más allá de la simple búsqueda de más vatios. La clave ya no consiste únicamente en ser capaz de producir una gran potencia, sino en mantenerla cuando las piernas empiezan a dejar de responder. Ahí es donde la durabilidad marca verdaderamente la diferencia.