Durante buena parte de la tarde, la sensación en Roubaix fue que todo podía torcerse en cualquier momento. No por falta de favoritos, ni por ausencia de ritmo, ni siquiera por la dureza habitual del pavé, sino porque la carrera se movió en ese terreno en el que una avería, un pinchazo o una mala colocación cambian años de preparación en cuestión de segundos. Y esta vez, cuando el velódromo apareció al fondo, ya no quedaba espacio para especular: quedaba rematar una de esas ediciones que terminan entrando en la memoria de la clásica francesa.

Un duelo de Monumento decidido donde casi nunca se decide una Roubaix
Wout van Aert ha gando este domingo la 123ª edición de la París-Roubaix 2026 después de imponerse a Tadej Pogacar en el sprint del velódromo André-Pétrieux, tras 258.3 kilómetros entre Compiègne y Roubaix. El belga firma así una victoria de enorme peso en su trayectoria, en una jornada que además fue señalada como la edición más rápida de la historia reciente de la prueba.
La carrera respondió a todo lo que se esperaba de ella. Hubo tensión desde mucho antes de los sectores decisivos, velocidad alta, continuos cambios de situación y una selección construida a golpe de incidentes. En una prueba como esta, eso no es un simple detalle estadístico: explica por qué corredores con motor de sobra pueden quedarse fuera de la pelea antes incluso de entrar en el tramo que decide la victoria.
Uno de los momentos que marcaron la jornada llegó a 120 kilómetros de meta, cuando Pogacar sufrió un pinchazo y tuvo que recurrir primero a una bicicleta neutral antes de reintegrarse gracias al trabajo de sus compañeros en el UAE Team Emirates-XRG. También Mathieu van der Poel pasó por una situación delicada por problemas mecánicos antes de la Trouée d'Arenberg, un punto de la carrera donde perder unos segundos suele traducirse en una persecución agónica sobre el adoquín. Ahí empezó a dibujarse una Roubaix de desgaste y averías que castigó tanto las piernas como la organización táctica de los favoritos.
Tras Arenberg, la selección ya fue real. Pogacar, Van Aert y varios nombres de primer nivel quedaron delante mientras el grupo perseguidor trataba de recomponerse. La entrada en Mons-en-Pévèle y los sectores posteriores terminaron de vaciar la carrera, dejando claro que esta edición no se iba a decidir por control de equipo, sino por resistencia individual y capacidad para seguir produciendo vatios cuando el pavé ya había roto el ritmo de todos. Ese escenario favoreció el nacimiento de un duelo Van Aert versus Pogacar que, por nivel y simbolismo, llevaba tiempo esperando el calendario de clásicas.
El movimiento definitivo llegó a 54 kilómetros de meta. Van Aert aceleró, Pogacar respondió y ambos abrieron hueco mientras por detrás Van der Poel intentaba sostener la persecución. La diferencia no fue enorme durante muchos kilómetros, pero sí suficiente para que la victoria pasara a depender del entendimiento entre los dos de cabeza y de lo que cada uno guardara para el final. En una prueba como la París-Roubaix, llegar al velódromo con fuerzas para sprintar después de ese castigo ya es, por sí solo, una declaración de nivel.
Los dos superaron en cabeza el Carrefour de l'Arbre, el último gran juez de la carrera, y mantuvieron a raya a sus perseguidores. A falta de dos kilómetros, la ventaja rondaba el medio minuto y la resolución quedó reducida a un cara a cara puro. Pogacar entró primero en el velódromo, Van Aert se mantuvo a rueda y lanzó su sprint en la última recta para cerrar una victoria en el velódromo de Roubaix con una carga competitiva y emocional evidente. Las imágenes posteriores mostraron al belga completamente desbordado tras cruzar la meta.
Por detrás, Jasper Stuyven cerró el podio a 13 segundos, con Van der Poel cuarto y Christophe Laporte quinto según el recuento provisional oficial de la organización. Esa clasificación ayuda a medir el valor del triunfo: Van Aert no ganó una Roubaix abierta por una fuga inesperada o por el hundimiento de los grandes nombres, sino batiendo en el desenlace a Pogacar y dejando detrás a buena parte del bloque más fuerte del ciclismo actual en clásicas.
El resultado también corta la racha de Mathieu van der Poel, ganador de las tres ediciones anteriores, y añade por fin una gran clásica adoquinada al palmarés de Van Aert. Para el belga, la lectura deportiva es evidente: después de años conviviendo con caídas, lesiones, segundos puestos y derrotas en carreras enormes, esta primera Roubaix de Wout van Aert pasa a ser una victoria de las que redefinen una trayectoria. Para Pogacar, en cambio, queda otra certeza: incluso con un pinchazo y una persecución a contrapié, estuvo a una vuelta de velódromo de conquistar el Infierno del Norte.