Competición

El Tour de Romandía se juega algo más que una victoria de Pogacar: su continuidad entra en zona crítica

La organización del Tour de Romandía 2026 ha reconocido que su situación financiera es límite y que, sin la llegada de un patrocinador principal, la carrera podría entrar en un escenario irreversible.

Fue una de esas citas que parecían intocables en el calendario. Una carrera con peso histórico, con identidad propia y con ese aire suizo de prueba seria, ordenada y muy codiciada por los grandes nombres del pelotón. Pero ahora, a pocas semanas de volver a ponerse en marcha, el ruido alrededor del Tour de Romandía no llega por sus puertos ni por su cartel deportivo, sino por una amenaza mucho más profunda.

Cartel oficial de la prueba. Imagen: Tour de Romandía
Cartel oficial de la prueba. Imagen: Tour de Romandía

La falta de patrocinio pone contra las cuerdas a una de las grandes vueltas de una semana

La organización del Tour de Romandía 2026 ha reconocido que su situación financiera es límite y que, sin la llegada de un patrocinador principal, la carrera podría entrar en un escenario irreversible. Ni siquiera la presencia prevista de Tadej Pogacar ha servido para atraer a una marca capaz de sostener un evento que sigue siendo una referencia dentro del calendario WorldTour.

El problema viene de lejos. Desde la pandemia, la prueba helvética arrastra dificultades para recomponer sus cuentas, y la salida de patrocinadores como Vaudoise Assurances y Le Maréchal ha dejado un vacío que no ha podido cubrirse. Según ha explicado Richard Chassot, director del evento, el presupuesto anual ronda los 5.673.000 dólares y el déficit actual se acerca al 10%, una cifra demasiado alta para una carrera que ya trabaja al límite de sus recursos.

La situación ha llegado a un punto poco habitual incluso en el ciclismo moderno: la edición número 79 se celebrará sin un gran patrocinador visible en camisetas, arcos de meta, pancartas o soportes publicitarios habituales. Todo el material de imagen ya está producido, lo que reduce todavía más el margen de maniobra. Chassot lo resume con crudeza al admitir que encontrar ahora un socio principal para esta edición es poco menos que una quimera, salvo que aparezca una empresa dispuesta a apoyar la supervivencia de la carrera por encima del retorno inmediato.

Esa es la parte más delicada del caso. La fundación que sostiene la prueba todavía dispone de reservas, pero ya no tiene pulmón para resistir varias temporadas esperando una solución. Hay suficiente dinero para una única edición sin sponsors, reconoce el propio Chassot. Traducido al lenguaje del calendario internacional, eso significa que el futuro del ciclismo suizo también empieza a depender de lo que ocurra en los próximos meses.

Ni siquiera el acuerdo alcanzado con Lidl ha bastado para cerrar la brecha. Y la organización no contempla recortes en dos capítulos que hoy resultan decisivos para seguir dentro de la élite: seguridad y hotelería. Mantener los estándares exigidos por el WorldTour cuesta cada vez más, y ahí aparece una de las debilidades estructurales del ciclismo de carretera: a diferencia de otros deportes, los organizadores no pueden apoyarse en la venta de entradas para compensar pérdidas o reforzar ingresos.

El Tour de Romandía no es un caso aislado. El Tour de Suiza, la otra gran carrera por etapas del país, también atraviesa problemas económicos y este año reducirá su formato de ocho a cinco jornadas, todas dentro de circuitos. La coincidencia dibuja una fotografía incómoda para Suiza, un territorio históricamente vinculado al ciclismo de alto nivel y ahora golpeado por un modelo que deja a muchas carreras expuestas cuando falla el respaldo comercial.

Ahí aparece una discusión de fondo que lleva años rondando el pelotón. El modelo económico del WorldTour sigue beneficiando de forma muy desigual a los distintos actores del deporte. Salvo excepciones muy concretas, ni los equipos ni muchos organizadores reciben una parte realmente significativa del negocio televisivo, a pesar de que buena parte del valor del producto nace precisamente de esa exposición global. Cuando falta un patrocinador fuerte, el sistema muestra enseguida sus costuras.

En lo deportivo, la paradoja es evidente. La carrera mantiene atractivo, prestigio y un nombre como Pogacar en la salida, algo que en teoría debería disparar el interés comercial. Pero la realidad está yendo por otro camino. El Tour de Romandía en el calendario WorldTour conserva caché competitivo, aunque eso ya no garantiza estabilidad financiera. Y ese contraste explica por qué una prueba con tanta tradición puede estar hoy peleando, literalmente, por seguir existiendo.

La historia de la carrera ayuda a medir lo que está en juego. El Tour de Romandía forma parte del grupo de grandes vueltas de una semana del calendario internacional, junto a la Volta a Catalunya, la Vuelta al País Vasco, París-Niza, Tirreno-Adriatico, el Tour de Suiza o el Dauphiné, hoy renombrado como Tour Auvergne-Rhône-Alpes. Stephen Roche sigue siendo su corredor más laureado con tres títulos, mientras que nombres como Primoz Roglic, Chris Froome o Tony Rominger figuran entre los ganadores más destacados. Nairo Quintana también la conquistó hace una década, y Mario Cipollini mantiene el récord de etapas con 12 triunfos.

El último ganador fue Joao Almeida, pero el portugués no estará en la próxima edición porque su calendario apunta directamente al Giro de Italia tras su discreto paso por Catalunya. Esa ausencia cambia el foco competitivo, aunque el verdadero interrogante ya no está solo en la clasificación general. Lo que se ventila en Romandía es si una de las pruebas más respetadas del calendario puede seguir formando parte de la élite o si acabará pasando al olvido.