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La EPO y las autotransfusiones, lo que hay que saber sobre el dopaje más extendido en el mundo del ciclismo

La EPO y las autotransfusiones son los métodos de dopaje más extendidos en el mundo del ciclismo. ¿Cómo funcionan? ¿Qué peligros tienen?

El dopaje es, con diferencia, la mayor lacra del ciclismo tanto a nivel profesional como amateur. Aunque nadie lo quiera reconocer y, de hecho, muchas personas se sienten ofendidas con solo mencionarlo, lo cierto es que el consumo de sustancias para aumentar de forma artificial el rendimiento deportivo está muy extendido en el mundo de los pedales, siendo frecuente el empleo de ciertos tipos de medicamentos por parte de muchos aspirantes a 'Pro' y de métodos mucho más sofisticados en lo que respecta a ciclistas profesionales.

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La EPO y las autotransfusiones, los reyes del dopaje

Las sustancias dopantes empleadas en el mundo del deporte son muchas y variadas, aunque en el caso del ciclismo destaca especialmente la eritropoyetina, más conocida como EPO. ¿Qué es? Una hormona sintetizada en los riñones que estimula la producción, en la médula ósea, de glóbulos rojos, encargados de transportar oxígeno a las células y desechar después el dióxido de carbono en los pulmones. Un aumento de glóbulos rojos en sangre se traduce en un aumento del aporte de oxígeno a los músculos, lo que lleva a un aumento del rendimiento muscular y de la resistencia con una menor frecuencia del ritmo cardíaco. Dicho de otro modo, la EPO ayuda a rendir más con un menor desempeño físico, retrasando la aparición del cansancio.

¿Cómo es posible doparse con EPO si se trata de una hormona del cuerpo humano? Porque a mediados de los años 80 se consiguió aislar el gen humano de la EPO. Este avance permitió producir EPO sintética con la técnica de recombinación del DNA, incluyendo los mismos efectos que la producida de modo natural por el organismo. ¿Por qué se sintetizó la EPO? Por causas clínicas, ya que en personas con anemias graves, con cáncer, o incluso en bebés prematuros, la EPO se utiliza como tratamiento para mejorar el estado de los pacientes. Lamentablemente, además de un uso medicinal, la EPO también tiene un uso ilegal, que no es otro que el empleado para mejorar el rendimiento deportivo.

La EPO está vinculada al ciclismo desde hace muchos años gracias a un largo historial de uso fraudulento por parte de equipos y ciclistas profesionales. Todo comenzó, en lo que a la opinión pública se refiere, con el Tour de Francia de 1998. Un vehículo del equipo Festina conducido por el masajista Willy Voet y cargado hasta arriba de productos dopantes, fue interceptado en la frontera francesa por los gendarmes del país. Entre las sustancias incautadas en el coche había una gran cantidad de EPO y, en menor medida, hormona del crecimiento y testosterona. Fue lo que se conoció como el caso Festina, principal causante del nacimiento de la Agencia Mundial Antidopaje en 1999.

A pesar de la sonada repercusión del caso Festina, el mayor escándalo de dopaje en el mundo del ciclismo ha sido el protagonizado por Lance Armstrong. El ciclista estadounidense venció siete veces consecutivas el Tour de Francia bajo el halo de un superdeportista que, además, logró superar un cáncer testicular. Convertido en una leyenda del ciclismo, no fue hasta el año 2013 cuando, al destaparse la mayor trama de dopaje jamás vista en el ciclismo profesional, Armstrong se vio obligado a confesar su dopaje y fue desposeído de sus siete títulos en la Grand Bouclé. Nuevamente, la EPO volvió a ocupar titulares en todo el mundo, firmando definitivamente su indisoluble vinculación con el ciclismo.

Con la EPO en el punto de mira de la Agencia Mundial Antidopaje y muchos nombres famosos bajo sospecha, surgió también un método 'más natural' de aumentar el rendimiento deportivo con los mismos efectos que los proporcionados por la hormona, pero sin posibilidad de detectar la misma en sangre. ¿Cuál fue el método mágico inventado? Las autotransfusiones de sangre, consistentes en extraer sangre al ciclista en cuestión dos o tres semanas antes de la competición para almacenarla en frío y, ya en carrera, ir inyectando dosis controladas de sangre extra a fin de conseguir elevar los niveles de hematocrito (porcentaje de la sangre que está constituido por glóbulos rojos) y, por tanto, aumentar el rendimiento del ciclista.

Pese a aumentar el rendimiento, el dopaje conlleva graves riesgos para la salud. Introducir cualquier sustancia en el cuerpo, incluida la propia sangre, siempre debe ser algo realizado como parte de un tratamiento prescrito por un profesional médico para el tratamiento de algún problema, no para el aumento del rendimiento físico. En el caso del dopaje con EPO, se corre el riesgo de sufrir trombos, infartos y otros problemas cardiovasculares como consecuencia de un aumento de la densidad y viscosidad del flujo sanguíneo, además de provocar una aplasia de células rojas en la que los anticuerpos del organismo atacan la EPO y dan lugar a una grave anemia que requiere de transfusiones de sangre frecuentes. En las autotransfusiones, el peligro es incluso mayor, ya que la sangre almacenada puede deteriorarse dando lugar a células muertas capaces de atorar conductos y provocar fallos multiorgánicos e incluso la muerte.

A día de hoy, el máximo organismo regulador del ciclismo, la UCI, lleva a cabo controles muy exhaustivos para evitar el dopaje con EPO, incluyendo analíticas sanguíneas en las que se vigilan, entre otras cosas, el nivel de hematocrito para detectar también posibles autotransfusiones. Sin embargo, microdosis de EPO o sangre inyectada son muy difíciles detectar, más teniendo en cuenta que cada deportista puede tener de forma natural diferentes valores en las sustancias controladas y no por ello tratarse de un ciclista tramposo. De una manera o de otra, el empleo de EPO y las autotransfusiones siguen estando a la orden del día en el mundo de la competición, ahora también con la sombra del dopaje tecnológico (motores ocultos en bicicletas) planeando sobre la disciplina. Y lo peor de todo, tanto a nivel profesional como amateur.