Montar en bicicleta implica esfuerzo, adaptación física y una lógica fatiga muscular. Sin embargo, existe una frontera clara entre las molestias asumibles del entrenamiento y los dolores que alertan de un problema. En el ciclismo recreativo y deportivo sigue estando demasiado extendida la idea de que ciertas molestias forman parte inevitable de la experiencia sobre la bici, una percepción que puede derivar en lesiones crónicas y abandono prematuro de la práctica.

Señales físicas que indican un problema y no adaptación al esfuerzo
Uno de los dolores más habituales es el de rodillas, especialmente en la parte anterior o interna. No debería normalizarse en ningún caso, ya que suele estar relacionado con una mala altura de sillín, un retroceso incorrecto o una posición inadecuada de las calas. En disciplinas como el Mountain Bike o el Cross Country, donde los cambios de ritmo son constantes, este tipo de molestias puede agravarse rápidamente si no se corrige el origen del problema. Hablar de dolor de rodillas en ciclismo como algo normal es un error frecuente.
El dolor lumbar es otro síntoma que muchos ciclistas que salen con regularidad asumen como parte del peaje físico de montar en bicicleta. En realidad, suele estar asociado a una falta de estabilidad del core, a una potencia demasiado larga o a un manillar mal ajustado. Cuando el dolor aparece de forma persistente tras cada salida, conviene revisar la postura y la ergonomía de la bicicleta antes de que derive en una lesión más seria. El dolor de espalda en bicicleta no debería ignorarse.
Las molestias cervicales y en la zona del cuello tampoco deberían banalizarse. Mantener la cabeza en extensión durante largos periodos exige una adaptación progresiva y una correcta distribución del peso sobre el tren superior. Un manillar demasiado bajo o una talla de cuadro incorrecta suelen estar detrás de este tipo de dolores, muy habituales entre los usuarios que se inician en el ciclismo de carretera o en el Gravel sin un ajuste previo adecuado.
El entumecimiento de manos y dedos es otro síntoma común que suele pasarse por alto. Aunque en salidas largas puede aparecer cierta fatiga, la pérdida de sensibilidad repetida indica una presión excesiva sobre el nervio cubital o mediano. La elección de puños, guantes y una correcta inclinación de las manetas resulta clave para evitar problemas neurológicos a medio plazo. En este punto, hablar de hormigueo en las manos al montar en bici como algo habitual resulta especialmente peligroso.
En el sillín, el dolor persistente en la zona perineal o genital es una de las señales más claras de que algo no está bien. No se trata de una simple incomodidad inicial, sino de una alerta directa relacionada con la forma del sillín, su anchura o su inclinación. Mantener este tipo de dolor puede provocar problemas circulatorios y pérdida de sensibilidad, especialmente en salidas largas o entrenamientos frecuentes.
También conviene prestar atención a los dolores en el tendón de Aquiles y en la planta del pie. Suelen estar relacionados con una posición incorrecta de las calas o con una excesiva carga de entrenamiento sin la adaptación necesaria. En estos casos, el cuerpo está avisando de que la biomecánica no es la adecuada o de que el volumen supera la capacidad de recuperación.
Normalizar el dolor suele ir acompañado de una falsa sensación de dureza o compromiso con el deporte. Sin embargo, el ciclismo es una disciplina en la que la prevención y el ajuste fino marcan la diferencia entre progresar o estancarse. Escuchar al cuerpo, revisar la posición sobre la bicicleta y, cuando sea necesario, acudir a un estudio biomecánico profesional forma parte del entrenamiento tanto como sumar kilómetros.
Asumir que montar en bicicleta siempre debe doler es una idea que conviene desterrar cuanto antes. El rendimiento, la salud y el disfrute van de la mano cuando el cuerpo trabaja en equilibrio con la máquina, no cuando se fuerza a convivir con señales de alarma constantes.